PATAGONIA CHILENA. Parque Nacional Bernardo O’Higgins.

Hemos llegado a Puerto Natales, Chile, en un autobús que ha tardado cinco horas en llevarnos desde El Calafate, Argentina. El recorrido es de casi 300 kilómetros y, además, hay que parar en la frontera, de modo que no nos podemos quejar. La inmensidad de los paisajes patagónicos que se contemplan durante el trayecto no lo hacen nada aburrido.

Puerto Natales, que tiene unos 20 mil habitantes y es capital de la provincia chilena de Ultima Esperanza, no es una ciudad especialmente interesante, pero está en la orilla del Canal Señoret, de manera que nos servirá de base para hacer dos excursiones por la Patagonia chilena: la que nos debe llevar al celebérrimo Parque Nacional Torres del Paine y la que haremos al Parque Nacional Bernardo O’Higgins, para disfrutar de los glaciares Balmaceda y Serrano. De hecho, la mayoría de viajeros que recorren esta zona de la Patagonia hacen noche en Natales, dado que hay una cierta infraestructura turística en cuanto a hoteles, restaurantes y cafés.

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En Natales, disfrutamos de un extraordinario chocolate caliente en una chocolatería llamada Patagonia Dulce, que es de madera y muy acogedora. Hay varios tipos de chocolate, así como pasteles diversos. Para cenar, elegimos un Asado Patagónico, a muy buen precio, en uno de los muchos locales que hay. De hecho, bastante más barato que en el Calafate, Argentina.

El clima es frío, aunque estamos en el verano austral. No debe hacer más de 5 o 6 grados, de modo que vamos bien abrigados. Hay varias empresas turísticas en la ciudad, dado de que se trata de la base de operaciones para las excursiones mencionadas. Los precios son bastante similares y según parece, todas hacen el mismo recorrido por el Parque Nacional Bernardo O’Higgins, en el par o tres de embarcaciones que hacen la excursión.

El día siguiente nos levantamos muy pronto. Nuestro catamarán sale a las 7 y media de la mañana y enseguida toma rumbo al Parque Nacional por el Fiordo Última Esperanza, que toma nombre de una expedición del 1557, que buscaba encontrar el paso en el estrecho de Magallanes desde el océano pacífico y como “última esperanza” encontró este paso.

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El fiordo pasa entre altas montañas. Bien abrigados salimos a cubierta para disfrutar de un extraordinario paisaje, con varias cascadas a ambos lados y una variada fauna. Vemos colonias de cormoranes, una pequeña colonia de lobos marinos, y algunos cóndores que planean desde arriba de las montañas andinas. De vez en cuando, incluso nieva un poco, pero eso no impide que disfrutemos de verdad del paisaje.

Desde el catamarán vemos el glaciar Balmaceda, que baja por la montaña desde los 2035 metros de altura de la misma, pero que no llega hasta el fiordo. Lamentablemente, el Balmaceda también ha tomado el camino del retroceso, como la mayoría de los glaciares del planeta, que están sufriendo especialmente el cambio climático existente. Hacemos unas cuantas fotografías y seguimos el trayecto hasta el Glaciar Serrano, verdadero destino de la excursión.

Después de unas tres horas de navegación llegamos a Puerto Toro, donde atraca el catamarán y comienza la caminata al glaciar Serrano. Se trata de un sendero de unos mil metros que puedes recorrer a pie en unos veinte minutos. Quien quiera también puede hacerlo en zodiac, pero la mayoría optamos por el sendero, que no es difícil, pues se realiza en buena parte por encima de unas pasarelas. Pese al frío, el recorrido es realmente agradable, pues vas caminando alrededor de la laguna de los Témpanos, donde hay algunos icebergs que se han desprendido del glaciar.

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El glaciar baja montaña abajo majestuoso, y si quieres, puedes llegar casi hasta la base. Es mucho más estrecha que la lengua glaciar del Perito Moreno, pero una vez más quedamos boquiabiertos de la fuerza de la naturaleza. Miles de años acumulados en este glaciar, que combina colores más blancos, con algunos más azulados. De vez en cuando, un trozo de hielo se desprende del frente glacial.

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Cuando hemos disfrutado un buen rato del glaciar, volvemos por el mismo sendero, para coger nuevamente la embarcación, que toma viaje de vuelta. A medio camino, haremos una parada en una de las muchas estancias que hay en esta región del planeta, tanto en la zona argentina, como chilena. Las estancias se dedicaban al pasto del ganado, siendo fuente de carne y de lana. Aunque algunas todavía conservan su función original, muchas de ellas se han convertido en estancias turísticas.

Nosotros comemos un excelente Asado chileno, donde predomina el cordero. Comemos tanto como queremos hasta hartarnos. Es difícil elegir entre el chileno y el argentino. Los dos asados ​​nos han parecido fantásticos.

Después de comer, volvemos a la embarcación. Volvemos a hacer unas brevísimas paradas en las colonias de cormoranes y lobos marinos y llegamos a puerto a media tarde, después de haber disfrutar de una fría, pero interesantísima excursión por los glaciares del Parque Nacional Bernardo O’Higgins. Mañana nos queda otro día grande: visitaremos el Parque Nacional Torres del Paine.

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